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Caer para caminar

La vida como círculo perfecto, en el que se nace niño: curioso, sin miedos, naif, intuitivo…y se es anciano volviendo a ese niño, es una visión no sólo “bonita” como tal.

Los niños caen. Caen porque aprenden a andar. Caen y no se rompen, a pesar de su fragilidad.

A muchos mayores se les impide caer, temiendo por esa fragilidad.

Se les impide caer de forma “real” (en muchas residencias, atándoles, en casa no dejándoles apenas ser autónomos) y en el plano psicológico, creándoles inseguridad. Recordándoles su fragilidad, los peligros de seguir viviendo…mientras se les anima a continuar. Ciertamente paradójico.

Los hijos que se han convertido en padres, temorosos, infantilizan a los mayores. Y sobre ellos ponen los mismos miedos que sobre los niños: que no se caiga, que no hable con extraños….

Es comprensible, es humano, pero recordemos que los mayores son adultos. Y no sólo adultos, adultos con un amplio recorrido vital. Un recorrido que les ha hecho sabios, que les ha permitido conocerse a sí mismos, seguramente más, que quienes tratan de evitar “que caigan”.

Si se anda, uno puede caerse. Pero si no se anda…si no se anda….uno está ya “caído”.

 

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